Ana Teresa Fernández, contra la nostalgia

 

Tiene cierto sentido que debas atravesar el gueto para llegar al estudio de Ana Teresa Fernández, en los confines de Hunter's Point, en la esquina sudoriental de San Francisco.

Las calles están muy vacías al mediodía y la vida es un latido sordo, apenas un presentimiento en el interior de las casas pobres. Sólo hay movimiento en torno a la licorería, en la esquina.

Espalda contra pared, dos docenas de personas de raza negra ejecutan la coreografía de las mañanas vacías.

Hace sol. Las sombras son siempre más largas en el mes de diciembre y la catarsis que danzan los sin futuro tiene cierta nobleza proyectada contra el muro blanco. En otras circunstancias uno podría imaginar una performance con este material.

El arte que Ana Teresa desarrolla en su estudio tiene una raíz profunda. Es, como el ánimo de las personas que rodean la licorería: catártico y consciente de su simpleza. Toda expresión ha de ser humilde o no ser.

Para llegar debes atravesar el gueto, la peligrosa barriada de Bayview, marginada y socialmente enferma, el patio de atrás que nunca figurará en las guías de la dorada San Francisco

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Ana Teresa pinta como si los pinceles se revelasen de su condición mediadora y quisieran ser retinas: con una contundencia de realidad. También hace escultura social  e instalaciones site specific. Casi siempre se compromete y es ella misma quien pone la piel.

Fue una Ice Queen (Reina de Hielo), en las calles infernales de Oakland, la ciudad del crimen y el abandono que puede verse desde aquí, al otro lado de la bahía. Con zapatos de tacón de hielo, stilettos de cristal frío para una Cenicienta crepuscular, casi deja los piés en el empeño: los zapatos-témpano tardaron casi tres cuartos de hora en derretirse.

Vestida de cóctel (le gusta juguetear con la evidencia de que "los hombres quieren a una dama en la mesa, y a una puta en la cama”), se dedicó a pintar de azul cielo la barda de rieles de tren que separa con altiva grosería Tijuana (México) de San Diego (EE UU) sobre la arena de una playa.

Ahora acaba de rellenar de plumas negras el pasillo del detector de metales del Consulado de México en San Francisco. Llama a la instalación Flock (bandada de pájaros).

Así son las performances de esta mexicana de Tampico que acaba de cumplir 30 años y que desde los 11 vive en los EE UU: radicales.

La publicación semanal San Francisco Bay Guardian le acaba de conceder un goldiecomo la mejor figura de artes visuales del año. "Un brillante realismo que pone en primer plano lo físico y la sensualidad", decía el titular.

De camino hacia su estudio esperaba encontrarme a una artista de acero templado, una hiperrealista dura como la vida. Sabía pocos detalles. Que hace surf, una forma angélica de comunión con el océano, era el más tranquilizador.

En la vieja y hermosa casa-almacén de madera pintada de color vino -seguramente un resto de los tiempos en que Hunter's Point era una prolongación del mar y su economía-, Ana Teresa abre la puerta.

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Lamparones de pintura en los pantalones de pana, una vieja hood gris, una sonrisa que nunca se apaga en la mirada...

Recuerda que es nieta por parte de padre de vascos que escaparon del gueto español de la posguerra, está feliz porque acaba de ser invitada a PHotoEspaña2012, le gusta vivir en los EE UU ("en México nunca hubiera podido hacer lo que hago aquí"), se presta al juego inocente de la entrevista...

Poco antes de despedirme de Ana Teresa, habíamos hablado de la falsa reivindicación de las raíces por medio de lo que nunca volverá. Le comento que en San Francisco encuentro a muchos latinos viviendo conectados a la nostalgia.

Ella dice:

- Eso es: la nostalgia, como cantar una canción vieja. Hay que inventar canciones nuevas para cantarlas.